11/4/10

Capítulo 37, Amanecer



La cabina, por las ventanas de popa; Ahab, sentado solo y mirando hacia fuera


"Por donde navego, dejo una estela turbia y blanca; aguas pálidas y mejillas aún más pálidas. Las ondas envidiosas, a los lados, se hinchan para ahogar mi rastro; que lo hagan, pero antes paso yo.

Allá, en el borde de la copa siempre rebosante, las tibias olas enrojecen como vino. El rostro de oro sondea el azul. El sol en zambullida -sumergiéndose lentamente desde mediodía- desciende, mientras mi alma sube y se fatiga con su interminable cuesta. ¿Es, entonces, la corona demasiado pesada, esta Corona de hierro de Lombardía, lo que llevo? Pero resplandece con muchas gemas; yo, que la llevo, no veo sus centelleos que llegan a lo lejos, sino que noto sombríamente que llevo algo que deslumbra y confunde. Es hierro, ya lo sé, no es oro. Está partido, además: lo noto; así me atormenta el borde mellado, y mi cerebro parece latir contra el metal macizo; sí, cráneo de acero, el mío; el tipo de cráneo que no necesita casco en la lucha más destrozadora de sesos.

¿Calor seco en mi frente? ¡oh! hubo tiempos en que el atardecer me aliviaba tanto como el amanecer me espoleaba noblemente. Ya no. Esta deliciosa luz no me alumbra a mí; toda delicia es angustia para mí, pues me falta el bajo poder de disfrutar; ¡condenado, sutilísima y malignamente condenado en medio del paraíso! !Buenas noches, buenas noches!"

Capitán Ahab en Moby Dick de Herman Melville (1851).

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