25/10/10

Dentro y fuera del árbol


A withered Tulip
Wilmer Murillo


"Publicamos para no pasarnos nuestras vidas corrigiendo borradores.
"
J.L Borges


S
alvo algunas excepciones, toda publicación ensombrecerá.

Toda exteriorización será, tarde o temprano, banalizada, sometida. El afecto, resquebrajado; arrancado de inclinarse hacia; incidido, ensuciado. El amor que fuimos, abrasado y finalmente calcinado; porque no aprendemos a amar.

Sigo buscando...

Por el mismo transcurrir del tiempo, el devenir de los mismos objetos físicos, arrojados en el azar continuo, se acercará toda nuestra creación al casi-final del todo, a su inevitable media-muerte: lo que arrojamos fuera del alma se agrandará pronto, le será extirpada su pureza y la intimidad que compartía con nosotros, el secreto verdadero del verso, el soplo que dimos, para convertirse en otra cosa; en algo de otro

¿acaso ese acto desesperado, carnívoro, no es el proceso del arte?


'Sólo lo fugitivo permanece y dura' - síntesis de este pensamiento.


Quevedo lo vió. Fugitivo/ "clandestino", o "reservado", o "escondido", o mejor aun, "protegido". Protegido con entraña, para dar la parte y no todo. La parte y no todo.


Decir... adiós

La palabra deja de ser, deja de ser adios y palabra. Ella también será fruto. Y se marchitará. Esto lo sabemos y seguimos dando, y aprendemos poco a poco a dar, porque sabemos que es dar lo que nos exime de compadecer nuestro yo en exceso, de doblarnos en bucle. Sucedáneo de la fe. Pero ciertas cosas se resignan a darse; no quieren compartirse, no quieren arrojarse al vacío de otros, se resignan a precipitarse al cosmos del aire y el tiempo, que todo lo oxidan. Dejemos dentro de nosotros lo que es de dentro, donde pertenece y donde puede madurar sin envejecer.

Sigo buscando...

Las páginas de este blog están escondidas dentro de una cavidad troncosa, bajo tenue luz; en el corazón de un árbol que vive en las profundidades de un bosque perdido, en una isla lejana de un mundo cualquiera. Quiero que así sea mientras exista; quiero que esté dentro, no fuera; al igual que las personas que están dentro de sí, están más cerca de mi verdadera vida que las demás y me siento más cerca de ellas.

René Magritte - A la rencontre du plaisir, 1950

La historia del alma humana es una historia interior: se vive por dentro. Todo lo que hay fuera no es más que lo de afuera, y es, a la vez, soñado. Todo ha de ser soñado para ser comprendido. Nada puede comprenderse sin soñarlo. Lo de afuera no es nosotros. El alma que nos dieron lo entiende todo como puede, si se le escucha; y como debe, si no se le escucha. Como puede, si hay una vida interior (de cultivo del alma, una verdadera vida), y como debe, si el latido apunta al exterior: a lo falso. Todo lo que está fuera de nosotros es falso. Sólo existe nuestra representación. Si las plantas tuvieran conciencia (que no la tengan está por demostrar), estarían en la misma situación que nosotros; la tierra y las sales, los minerales y el agua serían para ellas representación, serían dentro. Fuera no habría nada. Como no lo hay para nosotros tampoco. Todo lo que vemos y aprehendemos no son más que sensaciones nuestras, concepciones nuestras, raciocinios nuestros: sueños nuestros. Por eso, el hombre debe hacer caso a sus sueños: vivir.

Pessoa se encontró con esto antes de que naciéramos; se vio desde muchos ángulos, quizá desde todos los que hay. Vivir es esencialmente soñar; algunos sueñan inconscientes y asienten ese epitafio que reza: "estamos despiertos"; y otros saben que despierto no hay nadie, que todos vivimos un sueño eterno.

¡Soñar dentro del sueño es vivir realmente!

Se me revela esto como una nueva perspectiva que no puedo contradecir, que me somete a una nueva vía de búsqueda y a otro grado de conciencia.

La muerte es la imposibilidad de soñar, algo se asienta donde estaban las almas...

18/10/10

La música como medio de cultura...


En internet encontré este texto que he considerado valedor de ser publicado en el árbol, porque el autor, cuyo resto de obra desconozco (si la hay), trata de manera reseñable, el mismo asunto que abordé en las entradas

Breve ensayo sobre la música I
Breve ensayo sobre la música II


La música como medio de cultura; y su influencia sobre el sentimiento humano. Por Enrique Ortí Rivas


T
odos los fenómenos que se producen en nuestra alma los podemos reducir, principalmente, a dos elevadas categorías: fenómenos intelectuales y fenómenos de conmoción psíquica o sensibilidad.

Estas series de fenómenos están tan estrechamente unidos y existe tal relación entre ellos, que no se concibe una intelección, un conocimiento, sin que, consecuentemente, se produzca una conmoción, una exaltación del sentimiento. Y viceversa: una exaltación del sentimiento, una emoción no tendrían razón de ser, si la carencia de aquella facultad intelectual, vedase a nuestra alma que se diese cuenta de la presencia de dichas emociones y fijar la relación en la gradación de intensidad cuantitativa y cualitativa de las mismas. Dicho de otra forma: Nuestra esencia humana es de tal condición, que su fin inmediato se reduce, principalmente al ejercicio de la inteligencia y a los fenómenos de la sensibilidad. El hombre, ante todo y sobre todo, piensa y siente.

La presencia de estas facultades en la esencia humana, y la evidente afinidad y correlación de ambas, prueba, según hemos insinuado, la necesaria reciprocidad funcional de las mismas. Permítanme señalar un ejemplo, aunque con ello me retrasa unos momentos en abordar el tema de esta charla.

Estoy practicando un estudio para comprender la naturaleza de las ondas electromagnéticas descubiertas por Hertz. Trato de fabricar un aparato que capta estas ondas y, lo que es más, las traduzco en auténticos sonidos. Relaciono y ensarto cada uno de los elementos o piezas que, al igual que el oído humano, ha de constituir el órgano que ha de ser impresionado por aquellas ondas flotantes por el éter y que las ha convertir en auténticas voces y sonidos. Y, como fruto de mi estudio consigo armar el aparato que, instantáneamente, con sólo pulsar un botón, me permite que oiga la voz que alguien emite a trescientos mil kilómetros de distancia.

¿Creen que mi espíritu quedaría impasible e indiferente ante tan sorprendente maravilla? ¿O que las fibras de mi sensibilidad no vibrarían de emoción y alergias, al unísono y con la intensidad de aquellas ondas invisibles que llenan el espacio?

Dos son, pues, los fenómenos que se han producido en ello, el majestuoso Teide: ¿Quién, pregunto, no se sentirá como transportado a un Paraíso y se extasiará en un placer espiritual inenarrable que le haga exclamar, en acto de reflexión y de inteligencia (como a aquel extraño turista que se arrodilló al divisarlo por vez primera): ¿Qué sublime es la magnificencia de Dios, vertida sobre la naturaleza…! Como hemos visto, el fenómeno de la inteligencia y el fenómeno de la sensibilidad no se separan, realmente, uno del otro.

El objeto de la facultad intelectual es el conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas, esto es, el conocimiento de la Verdad. El objeto de nuestra sensibilidad la constituirá aquello que subyugue con su encanto las fibras de nuestra naturaleza efectiva, despertando las más intensas y agradables emociones, y elevándole al mayor grado de espiritualidad, esto es: La Belleza.

Los principales y absolutos conceptos que rigen la actividad humana, se reducen, pues a dos principios fundamentales: "verdad" y "belleza". Y surgen inmediatamente dos nuevos y correlativos conceptos: Ciencia y Arte, que corresponden y representan, respectivamente, a los indicados principios fundamentales: la Ciencia, como investigadora de la "verdad"; el Arte, como explorador y creador de la "Belleza".

Si las ciencias son necesarias para la cultura de la humanidad, no son menos necesarias las artes para la educación y formación de los pueblos, toda vez que con el placer que ellas despiertan, se convierten en maestras de las costumbres, afectos y acciones humanas. Aristóteles decía que la misión del Arte es conmover, elevar y ennoblecer la sensibilidad del espíritu humano. El arte, para él es un purificador de las pasiones. Y otros grandes filósofos lo han considerado como una parte esencial de la total misión del género humano. En suma: se ha dicho que el grado de superioridad cultural de los pueblos, no está determinado por el mayor vigor físico, sino por el más hondo pensar y exquisito sentir.

Si, pues, las artes y el ejercicio de éstas son tan necesarias para la vida humana como el estudio de las ciencias, y son un determinante de la cultura y educación de los pueblos, veamos si el arte Musical (y entramos ya de lleno en la materia) es un elemento importante de cultura e influye, a su vez, sobre el sentimiento humano.

La música, como expresión sintética de cultura y civilización, ostenta la preeminencia entre las demás artes. Y no por razones que obedezcan a una concepción puramente subjetiva, a un criterio puramente personal (aunque universal), sobre aquélla, sino por su propia virtualidad y poder intrínseco. Ya en los tiempos remotos de la Antigüedad, el Arte Musical era altamente admirado y considerado de gran importancia para el gobierno de los pueblos. El morigeraba y dulcificaba las costumbres por su acción directa e inmediata al corazón humano. Su mágica virtud educadora la tuvieron en cuenta todos aquellos pueblos que fueron celosos y verdaderos amantes de su cultura. Por eso no es de extrañar que, entonces, se conceptuara más inculta aquella clase que confesara su ignorancia por el divino arte. Célebre es la mordaz frase de Aristófanes (el más célebre poeta satírico de Atenas): "Un monstruo que no sabe de música, no debe figurar en el círculo de las personas ilustradas." Poetas, músicos y cantantes eran considerados en aquel tiempo como algo excepcional, y eran los favorecidos de reyes y emperadores. En el Antiguo Imperio Egipcio se concedía a los mejores cantantes el título de "Pariente del Rey"; lo que demuestra el alto aprecio en que se tenía a la música y al que la poseía.

Antes que ningún arte y que ninguna ciencia, La Música, invadió el corazón y el cerebro humanos; nació con el hombre y persistirá y dominará su alma durante la vida de la humanidad; ella le acompaña en sus placeres, en sus fiestas, en sus dolores y adversidades. ¿Qué, en otro caso, significa las antiguas escenas de danza y de música en las representaciones plásticas de coros y orquestas palaciegas? ¿Qué, aquellas originales formas de instrumentos, que venían a ser como un tributo y un símbolo de las divinidades mitológicas del culto antiguo? ¿Qué, aquellas otras representaciones orgiásticas y guerreras? ¿Aquellos mitos musicales vivamente representados tales como el certamen musical entre los dioses Apolo y Pan? ¿El de Thamyri-s con las nueve musas, y los dedicados a los Dioses Baco, Olympo, Orfeo y otras deidades simbólicas?

En tiempo de Moisés, la música se mantuvo en un nivel muy elevado, siendo las mujeres las principales propagadoras del arte musical. La música era, entonces, del dominio popular; todos hacían música. Profesionales de esta, propiamente dicho, no existían. Sus cantos constituían una extensa gama de matices, que respondían fielmente a una intensa vibración espiritual, tan espiritual como creyente. Sus himnos, ora eran deliberación, ora de alabanza, ora de dolor, ora de júbilo. El gran legislador del pueblo hebreo, supo despertar en el alma de sus súbitos, aquel vigoroso e innato instinto musical que le había de servir de medio eficaz para la consecución de sus altos fines redentores. Y cantan y alaban al señor después de sus batallas, y danzan al saludar al arca sagrada guardadora de las Tablas de la Ley. Y pulsan instrumentos, y se regocijan después del feliz paso del Mar Rojo. Y, así, el Señor los hace poderosos, y tiende sus manos sobre ellos, y sumerge sus corazones en una dulce embriaguez y éxtasis espiritual.

Todavía mayor grado de esplendor en tiempos de David. Famosos son los coros del Templo de Salomón, donde se reunían más de 4.000 cantantes (hombres y mujeres) que alternaban en el canto y pulsación de los instrumentos. Aquél majestuosos monumento no sólo fue la expresión sincera y fervorosa de reconocimiento al Señor: constituyó, además, una sólida institución musical que trascendió a otras generaciones.

Para los griegos, la música era un contenido de fuerzas mágicas de intenso poder. El bien, el orden, la paz; Así como también sus antagónicos: el mal, la discordia, la guerra… Todo lo podía la música. Platón crea su estado ideal, inspirado en el espíritu de la música; y aún expresa más "Todo cambio en la música debiera arrastrar consigo un cambio del Estado". En aquellos tiempos se consideraba la música, no solamente como creadora de un placer estético: la calificaban, además, de ciencia purificadora. Un sonido, una combinación rítmica podían fortalecer o debilitar el carácter humano, en cuanto que "el ritmo y melodía penetran y se imprimen en el alma", influyendo intensamente sobre ella.

Las clasificaciones que los griegos hicieron en sus cantos, patentiza las diferentes sensaciones que estos producían en el ser humano. Unos cantos eran pacíficos, suaves, contemplativos; otros se caracterizaban por su sobriedad y severidad, jugando a un importante papel para inspirar un espíritu recio y fuerte en la juventud. Otros cantos eran inquietos, solícitos, activos…
Platón impuso la enseñanza musical y la hizo obligatoria hasta determinada edad. "Ritmo y melodía —decía— tienen la dignidad y, por tanto, dignifican si son bien enseñados." Todos los niños aprendía a cantar himnos religiosos conservados por la tradición. La música, en fin, constituía no solamente un placer estético sino también una obligación fisiológico-ética en aquellos tiempos.

Vemos pues, que en el pueblo heleno, vasto en conocimientos científicos corren parejas el arte musical y la ciencia.
También hoy, el grado de educación y bondad de los pueblos, se puede deducir de la afición y ambiente musical de los mismos. El artista y todo aquel capaz de experimentar una emoción artística, no es malo, y su corazón es fácilmente moldeable y conducido por el camino del orden y del bien. Más, ningún arte como el arte musical, con sus armoniosos sones de voces o instrumentos, con sus arrebatadoras melodías que cautivan y conmueven por igual, cumple tan alto fin en el desenvolvimiento intelectual, moral y social de los hombres.

A pesar de la indiferencia con que se mira el cultivo eficiente de la Música, hemos de reconocer su fuerza sanadora, su influencia en el sentir popular, su eficacia en nuestro organismo. La música une a los hombres en lazo indisoluble de amor, y despierta en él los sentimientos más profundos de valor, nobleza, reconocimiento, amor patrio, etc. ¿Quién no ha contemplado casos maravillosos en su vida, que han puesto de manifiesto el poder y la influencia de la Música? ¿Quién duda del poder enardecedor de ésta en el campo de batalla, exaltando el ánimo de los combatientes? Pueblos sublevados, masas insurrectas y soliviantadas por el encono de una lucha pasional de odios y envidias, sordas a toda reconvención y a toda lógica, a la violencia inclusive, ¿no las hemos visto aplacarse y moderarse al conjuro de unos acordes y melodías suavemente tañidas? ¿Sonidos dulces, agradables, que transmitían a aquellos cerebros ofuscados, inconscientes, a aquellos violentados corazones, toda su esencia paliativa, y venían a ser como un sedante, un bálsamo que suavizara y calmara aquella loca efervescencia espiritual, provocada por bajos y despreciables instintos! ¿Qué fiesta, que acto popular, qué diversión donde se desborda la alegría popular, no está amenizada y representada por la Música? La juventud no vibraría sin el estimulante de unos sonidos estéticamente ordenados, que avive y despierte sus facultades.

La Música es, además, ciencia pedagógica. Su acción la sometió Platón a fines pedagógicos. El trabajo, tanto el intelectual como el manual, produce desgaste en nuestro organismo, que es necesario reparar. El descanso, la distracción, el reposo son indispensables para el desarrollo y perfeccionamiento de nuestras facultades. Pedagógicamente hablando, la armonización del trabajo con el descanso constituye un tema que merece singular atención: Ni son buenas todas las distracciones, ni es conveniente un descanso excesivo que pudiera perjudicar nuestras facultades en el nuevo desarrollo de sus energías. La música satisface plenamente esta preocupación de la moderna Pedagogía en la determinación y relación del trabajo con el descanso. El deleite que la Música produce en nuestro organismo, hace que nuestro espíritu, cansado del continuo pensar y reflexionar, ocasionado por el estudio ó por hondas y dolorosas preocupaciones que le oprimen y le agobian. Viene a ser, la Música, un bálsamo que, a la vez que dulcifica las fibras de nuestra alma, la prepara y le da más vigor para nuevo estudio, para nuevo actividad. Su fuerza expansiva y emotivo, nace de la misma naturaleza psíquico-físico de los seres; de ahí que, aparte de la acción que ejerce en nuestra alma, su poder fisiológico es tanto, que, sus efectos, bien pudieran utilizarse (y se ha intentando) como medio de curar determinadas enfermedades.

Hemos visto, pues, que en los antiguos tiempos, hoy y siempre, la música es la representante genuina del sentimiento humano, el verdadero y único lenguaje universal. Cuando la palabra no sea suficiente para expresar una emoción del alma, la adornará el hombre con su mímica para determinarla; más, si ello no fuera suficiente, irrumpirá en un canto para mejor reflejar y precisar la esencia de aquella excitación anímica.

Divino lenguaje musical: Dios, en su infinita sabiduría, te concedió el privilegio de su universalidad, y te hizo el más sublime entre las artes. Eres tú el que más hondamente impresionas por la incontrastable fuerza de tu ideal belleza. Llegas al corazón y al cerebro y les haces vibrar y sentir esa serie de emociones tan intensas y varias, ora de placer, ora de dolor, pero eternamente eficaces para su regeneración.

¿Oh Música! Eres el arte ideal por excelencia. Tu arrebatadora belleza jamás será contrastada ni suficientemente ponderada. Tu poder es tal, que ablanda a las fieras. Fuiste voz de los dioses, y eres lenguaje del alma. Todos te hablan. Todos te cantan. Sí, por una paradoja de la vida, los hombres en algún tiempo te han olvidado, ha sido para inventar otros sonidos, otras voces con que no se entiendan. Antes que lea, la niñez te canta. Los pájaros te exaltan con sus trinos. Y la naturaleza toda ¿Qué es, sino una intensa vibración, un acorde, una eterna melodía que dice tu magnificencia y tu sublimidad…?

Enrique Ortí Riva, (1900-1961)
Texto publicado en http://www.babab.com/

4/10/10

El milagro secreto


Un cuento de Jorge Luis Borges

Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.

Alcorán, II, 261.






La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.

El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.

Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.

Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...

El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.

J.L. Borges, Ficciones, 1944