14/12/10

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Hubo un tiempo en que me irritaban las cosas que hoy me hacen sonreír. Y una de ellas, que casi todos los días me recuerdan, es la insistencia con que los hombres cotidianos y activos en la vida se sonríen de los poetas y de los artistas.

No siempre lo hacen, como creen los pensadores de los periódicos, con un aire de superioridad. Muchas veces lo hacen con cariño. Pero es siempre como quien acaricia a un niño, alguien ajeno a la certeza y a la exactitud de la vida.

Esto me irritaba antes, porque suponía, como los ingenuos, y yo era ingenuo, que esa sonrisa dedicada a las preocupaciones de soñar y decir era un efluvio de una sensación íntima de superioridad. Es solamente un estallido de diferencia. Y, si antes consideraba yo esa sonrisa como un insulto, porque implicase una superioridad, hoy la considero como una duda inconsciente; como los hombres adultos reconocen muchas veces en los niños una agudeza de espíritu superior a la suya, así nos reconocen, a nosotros que soñamos y lo decimos, un algo diferente del que desconfían como extraño. Quiero creer que, muchas veces, los más inteligentes de entre ellos entrevén nuestra superioridad; y entonces sonríen superiormente para ocultar que la entrevén.

Pero esta superioridad nuestra no consiste en aquello que tantos soñadores han considerado como la superioridad propia. El soñador no es superior al hombre activo porque el sueño sea superior a la realidad. La superioridad del soñador consiste en que soñar es mucho más práctico que vivir, y en que el soñador extrae de la vida un placer mucho más vasto y mucho más variado que el hombre de acción. En mejores y más directas palabras, el soñador es quien es el hombre de acción.

Siendo la vida esencialmente un estado mental, y todo cuando hacemos o pensamos, válido para nosotros en la proporción en que lo pensamos válido, depende de nosotros la valorización. El soñador es un emisor de billetes, y los billetes que emite circulan por la ciudad de su espíritu del mismo modo que los de la realidad. ¿Qué me importa que el papel moneda de mi alma no sea nunca convertible en oro, si no hay oro nunca en la alquimia facticia de la vida? Después de nosotros viene el diluvio, pero es sólo después de todos nosotros. Mejores, y más felices, los que, reconociendo la ficción de todo, hacen la novela antes que les sea hecha, y, como Maquiavelo, visten los trajes de la corte para escribir bien en secreto.


Fernando Pessoa, 1930

6 comentarios:

bazoko

Libro de infinitas lecturas y detenciones, cracko. Me parece muy agudo cuando dice que el soñador es, en puridad, irrenunciablemente, el verdadero hombre de acción.

Me cuesta un poco más compartir el concepto de "superioridad" aplicado a órdenes heterogéneos, inconmensurables, como son la vida práctica y la del soñador. Una mínima cautela invalidaría la idea de jerarquía en este caso: el soñador no sería superior al hombre práctico, simplemente viviría en otro orden de cosas, en otra temperatura afectiva, intelectual, existencial. Imagino al soñador en los márgenes, construyendo la periferia del sentido, mientras el hombre práctico defiende el centro, lo erguido, lo visible: la luz heredada y conservada en la ceguera transmitida por innumerables generaciones.

Un libro que sigue abriendo surcos y abrirá más, porque sospecho que es de esas obras que uno nunca abandona, cuya lectura siempre puede reinventarnos, desplazarnos o acercar nuestra mirada a eso otro incognoscible que se insinúa, siempre, en la fractura de existir, en lo que repercute brecha viva y nos abre a la fragilidad y la herida,

salud, cracko

Ahab

Exquisitas apreciaciones como siempre Bazoko.

Suscribo todo cuanto dices; y también comprendo, como tú también lo haces, lo que quiere decir Pessoa con esa "superioridad" del soñador, y el por qué.

gracias por venir una vez más

Este libro nunca lo termino de leer, lleva años en la mesita; como a veces digo, creo que es el libro más importante que he leido. Toda alma sensible debería viajar, sentir, herise, soñarse en sus páginas.

un abrazo cracko

tula

Bueno, los salmones van contracorriente...
Ingenuo es estar libre de prejuicios y juicios, me apunto.
un abrazo sr Ahab

Ahab

Así parece tula; desposeerse de todo es difícil, y cuánto más crecemos más más lejos está la luz; el tunel de la vida y la conciencia a veces nos tumba. Pero ahí estamos, siempre intentándolo mientras haya voluntad.

un abrazo

Anónimo

Siempre acercandonos textos bellos y profundos, muy interesntes.
gracias una vez mas por compartir belleza

P. Galvez

Ahab

Gracias a tí por venir siempre.