11/4/11

... de cómo miré




Las cejas grandes y blancas de mi padre
sus cejas felinas
enciclopédicas
son mi amor por la sabiduría y el arte

sus ojos pequeños
casi cerrados, que tantas veces me miraron con infinita ternura
son mi curiosidad insaciable

sus manos, de padre
son toda mi bondad y humildad

aprendo de los cuerpos

aprendo de las marcas que les esculpe el tiempo

el liso de las piedras
son su tatuaje

toda representación es una insinuación
taras de la existencia

y yo me acuerdo de mi padre

zapatos
clavos
madera

el corazón de mi padre, nuez que cuelga del nogal
tarde de otoño cerca de la biblioteca
gorriones
un tampopo que vuela allá, eternamente mecido por el viento

1/4/11

goD


Bienaventurado quien acompaña a un perro
porque su vida tiene sentido



Estar a salvo

¿Quién me mira a través de esos ojos,
que han decidido prescindir del lenguaje?
Esa mirada que serena y conmueve mi corazón
es un alfabeto perfecto.
Diáfano e irrevocablemente impenetrable.
Esos ojos quizá lo sepan todo, todo lo que jamás sabré.
Me asisten en la gracia de los días alegres
y en el laberinto de la enfermedad.
Me han ayudado a perder los hijos que no tuve
y a aceptar los que nunca tendré.
¿Quién se asoma a este mundo que tortura y bendice
desde esos ojos que trascienden lo que puedo tocar?
Me interrogan persistentemente,
me abarcan y consuelan desde su pura circularidad.
Veo en ellos, como destellos milagrosos,
el reflejo de los seres que amé.
Un paisaje de ternura indeleble y un mensaje invariable
que atenúa el tajo de las incertidumbres:
"Acá estoy y acá estaré, no tengas dudas".
Podría dudar de todo, menos de la fidelidad de esa mirada.
¿Quién contempla con una intensidad infatigable
los árboles del parque, sus faroles difusos
y el tránsito lento bajo una luna inmóvil
desde el estrecho espacio de un balcón?
¿Quién habita esos ojos determinadamente abiertos,
tan misteriosos como las pupilas blindadas
pintadas por un dandy pobre de Livorno
llamado Modigliani?
Mi pequeño y soberano dandy, mi adorable príncipe en el exilio,
busca refugio adaptándose a las curvas de mi cuerpo.
Atento a mi respiración,
al flujo de mi circulación contra su pecho.
Sus ojos trazan la curva
desde el presente hasta el origen de los tiempos
y responden los interrogantes bíblicos,
negando la traducción de esa respuesta.
Intuyo lo que dicen. Y no podría explicarlo.
Creo en esos ojos como en el mar y las piedras,
de un modo inconmovible y visceral.
En ellos vive el antídoto contra la soledad
y la calma de los sencillos días compartidos.
Ellos se asoman al mundo con una sabiduría elemental
superior en su estirpe a la lógica infalible de la matemática.
Esos ojos lo han visto todo.
Y me miran, concentradamente me miran,
para decirme, firmes sobre sus impasibles cuatro patas de perro,
que en ellos estaré a salvo
y que el recorrido vale estas penas aunque me lastimen
y yo no logre comprenderlas del todo.

La constelación de Andrómeda
Mariel Manrique