21/7/11

El mes de Bélgica III


Debo decir, en esta última entrada, que los textos que he transcrito han sido seleccionados sobre la marcha, conforme he ido avanzando en la lectura. El cuerpo de Bélgica es todo dentro, se conoce a medida que se va leyendo; es como si de una imagen sólo viéramos una parte y poco a poco fuésemos conociendo el resto, ampliando la mirada y des-con-certándonos mejor. Seguramente en entradas futuras vuelva a transcribir fragmentos de este libro para explicar o ilustrar otros pensamientos. Lo que Chantal dice, mejor que ella no lo dice nadie, si a caso alguien -conscientemente- lo dice. En futuras lecturas que harán otros yoes, acercándose de nuevo a esta tierra Maillardiana, encontrarán de seguro otros vértices, caminos, pliegues; encontraré(mos) otros rincones habitables, otras oblicuidades del soñar y el pensarse, y quizá seleccione otros textos para otros cometidos. La selección que he hecho en estas breves entradas, además de que surge sobre la marcha de la lectura, no pretende significar Lo mejor de, ni siquiera Lo que más me ha gustado de, aunque, naturalmente, un tanto de esto último hay. Seleccionar estos textos y no otros responde a una mezcla entre el re-conocimiento que encuentro en ellos y la "viabilidad" para publicarlos en el árbol. Pero este libro ronda las 400 páginas, y en él no diría que hay textos más o menos filosóficos, o más o menos poéticos. Hay poemas que se piensan. Y pensamientos que se poeman. Hay un decir hasta que se puede, sin sobre-decir. Hay maravillosos momentos de empatía y compasión en que no se nombra, en que nada se nombra porque no puede ser nombrado -lo que hay.

Chantal escribe lo-que-no-se-puede-decir de la mejor manera. Su lectura quizá no es para cualquiera. Pero es que algunas cosas no son para cualquiera, por alguna razón no pueden serlo. Bach no es para cualquiera, no es Barbara para cualquiera. Ciertos autores, ciertas obras, o ciertos seres necesitan -a falta de mejores palabras- de una apertura del alma, cierto vuelco de la sensibilidad, para canalizar la emoción y la energía que entregan; que pueden entregar. Algunas obras se cierran sobre sí mismas, se protegen, no pueden ser penetradas por todas las sensibilidades, o todos los estados sensibles. Chantal es para unos pocos y unas pocas que nos reconocemos en su escritura; y en ella, habitando el temblor o la ternura, vislumbrando el vértigo o rastreando lo invisible que queda atrás -atrás de la acción-, escrutamos los pequeños universos del ser.
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Ser para otros un tercero es cosa natural cuando no se está presente, pero, cuando se está, hace que uno se encuentre incómodo en la propia piel, como si excediese el espacio que le corresponde, o como si se transparentara o se hubiese ausentado sin saberlo. Cuando hablan de ti en tercera persona y tú asistes a la conversación, te desdoblas: ¿quién, de ti, está escuchando hablar de ti? ¿Por qué extraño fenómeno estás ahí, como si de un muerto se tratara, oyendo lo que dicen de ti? En la infancia, los comentarios se hacen en tu presencia porque no eres una persona, sino un ente pequeño que se supone que no entiende y, más tarde, siendo ya persona para otros, se sigue haciendo en tu presencia, como suponiendo que tampoco entiendes, porque estás lejos o no atiendes, o hablas otro idioma, o porque no te conocen. Hablan de ti en tercera persona y te conceden la extranjería en el espacio mismo de tu cuerpo, aquel que creías más evidente, incuestionable: tu presencia física.


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Si alguien quiere salvaguardar sus recuerdos, que no trate de confrontarlos con nadie, pues no fue tal, para otros, aquello que recuerda.

He venido en busca de mi infancia, de su rastro. En mi anhelo, he pretendido comprobar, corroborar y ensanchar mi recuerdo con memorias ajenas. Y he aquí que éstas me ofrecen las esquinas más duras, los pliegues más oscuros.

Abrir la memoria, ¿para ver más? ¿Para poseer? ¿No convendría a caso, antes bien, bendecir el olvido y permitirnos ser sin las trabas de lo que fuimos? Anhelamos poseer la mirada divina antes de comprender cuán desesperante ha de ser, cuán terrorífica. Le fue necesario a Dios encarnarse para poder soportarla.


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La escritura es proyección y vaciado. La mente -¿la mente?-, algo se aligera volcándose en el cuaderno. Toda forma expresiva es un ejercicio de reducción. El lenguaje, siempre, simplifica la experiencia, la reduce a elementos significativos, conceptuales. Para su comprensión. Comprender, no hay que olvidarlo, significa "apresar conjuntamente". ¿Dónde pues queda lo vivido, en el decir?


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acabará consiste

[ETTERBEEK]


túnel oscuro. Cartel Norte. Dentro cálido fuera reloj en alto cuadrante arriba chimeneas alineadas. Hojas secas sol apenas o de vez en cuando. Túnel. Acabará. Acabará consiste. Sensible. Mejor el frío fuera, dice alguien. cartel azul y blanco. Dentro malva. Entran todos envés. Todos en lo que se mueve en túnel a través. En su sitio. cada cual en su sitio pegado a él por un cable en su oído. Sin túnel casas alineadas ramas secas imagen también seca sin mí nostalgia abajo todo escapa cemento gris fachadas inhóspitas todo gris Etterbeek sin destello grúa en las vías piedras hojas menos viejas escarcha en tejados trocitos de hierba nieve escasa en taludes nostalgia pinzamiento



[GROENENDAAL]


ahora la tarde. Cayendo, dicen. No cae. tan sólo más difícil distinguir algo de otra cosa salvo placas de nieve reluciendo ramas o maraña negra sobre nubes abajo donde la luz asientos vacíos otra luz sobre rail derecho más difícil distinguir Groenendaal los caballos y él con frío en las manos resoplando dedos entumecidos ríe boca desdentada gorra maloliente habla sin entender adiós su risa gruesa salpicando mi abuela riñe su hermano alza los hombros ríe de nuevo gorra en cabeza sale por fin olor a hombre tras él pequeña respira ahora muerto ya pasó ya todos muertos ya pasó


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Una casa es un ente insólito. Puede adquirir sobre sus habitantes un extraño poder y ejercerlo con tiranía. Es frecuente oírle decir a alguien que no sale porque "no puede dejar la casa sola". Su dueño es, en realidad, su esclavo; ha de cuidarla, mantenerla, vigilarla, protegerla como si se tratase de una persona. Por otra parte, las casas tienen autodeterminación: pueden cambiar de esclavo, echar al que no les conviene o retener al que quisiera escapar de ellas. El que queda atrapado enferma en cuerpo y espíritu y su enfermedad puede transmitirse de generación en generación.

No sé en cuál de mis casas quedé atrapada. Las que recorro en sueños aparecen siempre distintas de lo que fueron. He vuelto sobre mis pasos varias veces en busca de ellas. Las he vuelto a recorrer. Éste es el dossier de esos reencuentros.


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Volver para recuperar. Fragmento a fragmento. Fragmento sobre fragmento. Volver de soslayo. Volver apenas, el tiempo justo, el tiempo necesario para ser sorprendida. En cuanto ocurre el destello, su lugar de aparición ha de ser abandonado.

Los que han muerto no tardan en perder el rostro. Con el tiempo van borrándose sus rasgos en la memoria y su imagen se convierte en idea. Empiezan entonces a vivir en el concepto de lo que fueron. El concepto: com-prensión de todos los fragmentos, reducción de todas las imágenes a una sola y, finalmente, conversión de la imagen en residuo de conciencia. "Él" o "ella" queda reducido a "saber-que-él", "saber-que-ella", se repliega su tiempo en un no-tiempo, la suma de todos los gestos que la memoria atesora, ya no en su imagen, sino en su idea. A eso, sin duda, es a lo que llamamos comúnmente olvido. Ese proceso.



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No hay infancia. Se acabó. No la hay. La hubo, pero ya no. Sólo son huellas, improntas, vāsanas, dirían en la India, unas más atenuadas, otras menos. Tejido deslucido, la conciencia, o bien sonoridad, antiguas vocalizaciones que quedan resonando.

No, no hay. Nada por recuperar. Las huellas son dentro. Fuera, otras voces, nuevas. Nuevos objetos para nuevas costumbres, nuevas huellas para otra infancia. La nuez que crujía bajo el diente ahora proviene de países lejanos, las manzanas vienen en paquetes de seis y la cajera enseña a la aprendiza de tez clara cómo son las cosas por el trato que debe dar a las distintas tarjetas de pago.

Levántate y anda, dice una voz -la del texto, otro texto-. ¿Quién ha de levantarse? ¿Quién, para caminar? No hay otro yo que el que se hace caminando. Y sin alguien a mi lado, no camino.

El mundo se escora. Las cosas son como se enseñan y las jóvenes vidas aún no saben que lo que-es es lo que interesa que sea. Saber que una mastercard ha de tratarse como visa, por ejemplo.

El sabor de las frutas pronto habrá desaparecido. La fauna será aquello que se encuentra en las imágenes de National Geographic. El sabor de una fruta, el olor de un animal serán cosas del pasado, de las que se tendrá noción, ya nunca confrontación. Pronto. ¿Os acordáis del sabor de una fresa pequeña? -Y cuando esto ocurra, cuando no se sepa más qué era una fruta, o un animal, ¿quedarán las canciones?

Quizás no sea tiempo, ya, de nostalgias. Nosotros, los europeos, hemos olvidado cantar hace mucho, pero nos enorgullecemos de nuestros logros sociales. Individualismo, libertad de conciencia y diferencia, beneficios relativos si entendemos que el yo que se crece en su individualidad acaba separándonos a todos. Pequeños yoes, pequeñas personitas que se creen con derecho a juzgar al otro, que a su vez igualmente juzga al otro, que a su vez... y las espaldas retumban con el signo de autoridad de los unos adjetivando a los otros. El poder de juzgar siempre nos alza por encima del que es juzgado. Y así, emprendemos la danza de todos sobre todos a ver quien más, a ver quien más alto, quien de más alto cae. ¿Dónde aquel consenso que nos unía a todos, antes de la diferencia? ¿Hubo un antes?

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9/7/11

El mes de Bélgica II







La tarde cae en Málaga. La luz baja despacio. Adquieren otra solidez, las casas. La oscuridad desciende.-¿La oscuridad?-. Yo desciendo. Yo-tarde, desciendo con el día. Condesciendo: no otra cosa es vivir. La tarde ocurre en mí. Simplemente. Doy fe.



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Me preguntan si escribo. Contesto que no. Porque no entiendo qué es lo que preguntan. Siempre balbuceo en mi cuaderno. Pero ¿escribes ahora?, ¿qué escribes? No sé. No, nada... respondo. ¿Por qué no me preguntan si respiro? Será que respirar no tiene importancia. Sin embargo, al respirar, emito el mismo sonido que al escribir. Cierta sordera, sin duda, nos impide atender a lo que vibra despacio, calladamente.


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Construimos la inmortalidad con aquello que nos rodea y nos acompaña. Un objeto familiar es una parcela de inmortalidad. Cobijados por lo familiar, evitamos la sensación de estar perdiendo pie. Objetos y personas que nos acompañan dotan de continuidad los instantes de por sí inconexos que se suceden. Llamamos continuidad a esa sucesión, y existencia a aquella continuidad. El sufrimiento surge en las brechas, ahí donde la continuidad queda interrumpida por la ausencia repentina de una persona o de un objeto familiar. Entonces, el instante, abrupto, sorprende como el encuentro inesperado de un acantilado en un recodo del camino.


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-¿A quién le servirán mis conocimientos? -se lamentó el filósofo-. Empeñé mi vida en un inmenso esfuerzo de lógica, imperioso y solitario. Se averiguó inútil para la resolución de las cuestiones metafísicas, pero imprescindible para conocer los límites del conocimiento y valioso, sobremanera, para dilucidar cuestiones inmediatas. ¿Qué continuidad habrá, ahora, para tan largo empeño? Inútil es el saber que no se entrega. Soy como un panadero que, encerrado en su sótano, siguiese amasando pan a diario, lo cociera y lo colocara en los estantes a los que nunca nadie tendría acceso; cuando, al sentarse una tarde, a solas, contemplase las baldas repletas de panes cubiertos de verdín y comprendiese lo inútil de su empresa, ¿qué haría entonces el panadero?

-¡Basta de lamentaciones! -exclamó el poeta-. El ejemplo no es adecuado. Comer pan es una necesidad; pensar, en cambio, es un esfuerzo cuyos logros a menudo son amargos; ¿a quién iba a interesar? Mejor únete a mí, canta tu dolor, tu gozo si lo hallaras, todos se reconocerán en tus palabras, las cantarían contigo, las seguirían cantando después de ti y hallarán en ellas consuelo.

El filósofo levantó los ojos; había en ellos ternura y compasión.

- Si comiesen mi pan -le dijo al poeta dulcemente-, no necesitarían hallar consuelo. Lamentándose se amparan entre todos y eso les hace fuertes, lo sé, pero, ¿para qué utilizarán su fuerza? Si comiesen mi pan sabrían de la inutilidad de todas las guerras. El pan que amaso en secreto equilibra el universo.

El poeta lloró. Luego dejó de llorar.

- Enséñame, -le dijo.

Y de lo que hablaron fue de los límites del lenguaje, de las definiciones correctas, de la lógica que rige el pensar.

Después de mucho tiempo, el filósofo le preguntó al poeta:
- ¿qué has aprendido?

- A no llorar -contestó el poeta-. Y le señaló un pez de aletas doradas cuya cola guiaba como una quilla su cuerpo irisado bajo el agua. El filósofo se sentó a su lado.
Y de lo que hablaron fue de los días, de las nubes que pasan, de los ojos de los peces, del latir bajo el pelambre cálido de los mamíferos.



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El tiempo se ensancha proporcionalmente al grado de atención. No se trata de una fórmula física, no, ni tampoco es una sentencia metafísica. Estoy hablando de algo tan común como aquello de lo que dan cuenta las expresiones familiares como Ha sido un día muy largo, o bien, El día de hoy ha pasado volando. Tiempo subjetivo, no el que fabrican los relojes (pues está claro que los relojes no miden sino que inventan el tiempo común), sino aquel que es, al fin y al cabo espacio, ya que designa esa continuidad de la vigilia en la que tienen lugar nuestros gestos, nuestros actos físicos y de conciencia.

Que el tiempo se ensancha proporcionalmente a la atención significa que cuanto más intensa sea la atención más se dilatará el tiempo objetivo (el que marcan los relojes) un mayor número de movimientos, físicos, por supuesto, pero sobre todo mentales. Así es como, a punto de tener una accidente (los frenos, por ejemplo, no responden), somos capaces de sopesar, en milésimas de segundo, todas las posibilidades y decidir aquella que hemos de tomar. La llamada "reacción instintiva" o los "buenos reflejos" son, en realidad, una delicada cadena de respuestas de la que generalmente no somos conscientes por... falta de tiempo, es decir, porque de ordinario vivimos con la atención adormecida. Pero cuando ésta se despierta por alguna razón que la llama poderosamente, como es el caso de un accidente, podemos tomar conciencia de lo que ocurre hasta el punto de que nos dé la impresión de que decidimos aquello a lo que asistimos. Y, en realidad, decidimos. De que queramos comprender nuestro comportamiento en términos mecanicistas, espiritualistas u otros depende que atribuyamos la decisión, en circunstacias normales, a uno u otro concepto, pero quién o qué decida, si el cuerpo-mente o la voluntad racional, para el caso es lo de menos, pues en tales momentos lo que ocurre es que, en el tiempo ensanchado por la atención, la conciencia se unifica con ese cuerpo-mente para dar la respuesta más acertada. Con algunas drogas como el alcohol, por ejemplo, se produciría el efecto contrario, ya que bajo su influjo se reduce la capacidad de atención, y el tiempo se contrae.
La atención es absoluto presente. ¿Cuál será, pues, el tiempo de la memoria? ¿Qué espacio será aquel que se abre sobre el recuerdo, en el destello? ¿Cómo mantener allí la atención despierta para atraparlo? O no podrá atraparlo la conciencia, dispuesta a traerlo a otro tiempo, un presente que no le pertenece, el de quien, en ese momento, recuerda.
Y recordar es un gesto. El de la imagen que discurre -en nuestra mente, decimos.



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Alguien a quien no recordabas aparece en un cruce de caminos, o de gestos, de acciones dispuestas por otros. Y los hilos convergen, y un huso se comba, listo para recibirnos, para recibir el nos que el mí, espontáneamente, estima como propio. Alguien aparece, que conserva la memoria de aquel tiempo compartido en los inicios y, de repente la carga se aligera: no eres la única responsable del pasado, no sólo por ti respirarán los muertos. Pues quien se queda solo, quien se queda el último protege con su aliento a todos los que fueron; de él depende la historia de los suyos. La memoria se convierte en una responsabilidad: el que queda ha de responder por todos los que le precedieron.

Pero alguien reaparece y te dice ¿Recuerdas...?, y de repente dejas de ser el único testigo. Un tiempo compartido se abre en el que sois cada cual para el otro, ese testigo. Y tú le dices Sí, y ¿recuerdas...? Y aligeras su carga igualmente porque tú abres también para él el teatro de la memoria. Descorres la cortina, levantas el telón, traes a escena gestos olvidados, animas las máscaras y les abres la boca a los muertos antiguos para que digan, para que vuelvan a decir lo que entonces dijeron, y él y tú reconozcáis entre ambos la historia que fue de todos. Y sabéis que nadie más está vivo para hacer memoria de todo aquello, que nadie hay que pueda contaros lo que no recordáis ni contestar las preguntas para las que no tenéis respuesta y, así, colmar los huecos.

Porque muy pronto te das cuenta de que lo que recordáis, tanto él como tú, son unas pocas escenas. Y si antes ¿Recuerdas...? iba seguido, por ambas partes, de una sonrisa beoda, ahora, lo es apenas de un rictus que deja transparentar un reconocimiento marchito. Y entiendes que los recuerdos no deben exponerse a la luz, que conviene evitar que se incorporen del todo, que, para salvaguardarlos, han de abortarse prematuramente sus apariciones, pues su existencia transcurre entre bastidores, al amparo de la sombra. Y es que el recuerdo, en la sombra, es más; la imagen que adopta en la luz lo empobrece.


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Bélgica

Chantal Maillard
Editorial Pretextos, 2011

1/7/11

El mes de Bélgica


La poeta y filósofa Chantal Maillard ha publicado recientemente uno de los libros más conmovedores que he leído nunca, Bélgica. La autora, por medio de su extraordinaria capacidad de cuestionarse la vida y el pensamiento, propone un viaje de regreso a los parajes abstractos de la conciencia en gestación. Una odisea a la infancia a través de una lectura exquisita, no exenta de herida y desasosiego existencial. Permanente búsqueda que el Yo hace rodeándose a sí mismo.

Para muchos, su prosa poética y su poesía son nuestra voz. Chantal se detiene en los pliegues, los examina, los enfrenta. Los explica de algún modo; los describe; nos des-cribe a todos describiendo el pensar-se. Chantal dice lo que nosotros no podemos decir.
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Decimos La vida. La vida es. Decimos La muerte.
Decimos Vida y muerte. Decimos Amor. Hablamos, verbalizamos, sustantivamos. En cada caso, ¿a qué nos referimos?

Amo el amor, dije alguna vez. Me refería a una sensación, o a un estímulo. Sensación. Estímulo. Palabras que tampoco significan gran cosa. Debería haber dicho, haber sabido decir aquella tensión en mis venas, aquel latir que me llevaba hacia las leves señales de otro latir en el que deseaba perderme.
¿Qué queda ahora de aquello, salvo estas palabras abstractas, sin referente?.


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La pasión dura en el ser humano lo que el celo en otras especies. Aquélla, no obstante, por conveniencia, inventa una continuidad. Allí donde había pulsión dice "amor", y lo enaltece. Con el tiempo, inevitablemente, el período de celos, y lo que era defensa de un territorio, pasa a ser el cultivo de una posesión. La palabra amor, que algunos siguen pronunciando más allá de ese momento, es punto de cruz con el que, en nuestra cultura, adornamos nuestra vida, convirtiéndolo en un tapiz cursi y añejo.



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Hubo un tiempo en que la locura no existía. Si alguien decía que hablaba con los animales, se le creía. Nadie era rechazado por su comunidad por escuchar a un árbol o a una montaña.

Una sociedad crea sus neurosis cuando ya no es capaz de atender a las necesidades de sus miembros, cuando no alcanza a regular sus conflictos. Entonces, en vez de integrar, separa y oprime.


A veces el consuelo toma formas excéntricas. Llaman locura, en tal caso, al sutil equilibrio que se trama bajo la conciencia y tratan de devolver al ser dolido al mundo compartido por todos. Le quitan el consuelo, le rompen la estrategia. Si no ha podido resistirse, clavado en medio de la realidad, entonces, desfallece.



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No destacar: un impecable principio de convivencia. No destacar significa no invadir el espacio ajeno, limitar la intención personal para dejar que otro pueda desplegarse en el suyo. No destacar significa tener en cuenta la necesidad que el otro tiene de ser alguien, de contar para otros, de importar igualmente.

La solidaridad, como valor o como norma, en una sociedad donde se prima la competitividad es un contrasentido. Si pretendemos educarnos en la solidaridad, sería conveniente, ante todo, reemplazar los modelos de competición por otros más igualitarios. Trocar el paradigma vertical (jerárquico, ascendente y descendente: éxito-consideración/fracaso-desprecio) por otro, horizontal. La igualdad de oportunidades no ha de confundirse con al igualdad social. Pero el sistema de consumo se contrapone radicalmente a los valores de equiparación o igualitarismo; no se sostiene sin las diferencias porque necesita de individuos que quieran distinguirse y consuman, para ello, productos de toda índole. La desigualdad es la piedra angular del sistema de consumo. Virtudes como la modestia o el recato no tienen, por ello, lugar en él. Son valores designados como obsoletos porque, simplemente, no convienen.



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Animalitos empeñados en la perpetuación de la especie. Paradas nupciales, plumajes enarbolados, gorjeos, quiebros... Si fuese tan sólo eso, pero no: los animalitos culturales aderezan sus gestos con palabras y construyen con ellas una "sólida realidad" que se sostiene en el vocabulario.

Amor, le dicen a la atracción inducida por efervescencias hormonales.
Amor, le dicen al interés por la supervivencia de la prole.
Amor, le dicen al hábito que, con el tiempo, se fortalece.

Amor, le dicen al domesticado placer del roce de los órganos.

Amor, le dicen al deseo, que sólo siente el animal herido, de volver al cobijo materno, y aún antes.



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Calla. No hables ya más. Deja la retórica. Toda ella. La mente es pura analogía. Abandona las redes, las telarañas con las que tratas de explicar el mundo.

Fuera del cerco. Salta. No digas más. Hazlo.



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Sed débiles, amigos. Erradicad la tristeza: esa cargada de esperanza. La tristeza es deseo engastado en la impotencia. ¿Quién dijo que la esperanza fuese una virtud? Abridla, ved cómo se deshace la pulpa entre los dedos y su olor, el olor de lo pútrido os impregna el vestido. La tristeza y la esperanza cuelgan del mismo árbol. ¿Que es virtud la fuerza de vivir? No, no es ninguna cualidad admirable del alma sino fuerza (vis) incontrolada, efusión de la carne por ser carne, por seguir siendo, siempre. No es admirable la fuerza de vida, es simplemente natural. Y cuando se impone al caos (la enfermedad mortal, la decadencia) y pretende seguir construyendo sobre él a pesar suyo, se convierte en la enemiga de la vida misma, de la vida de todos. Acercaos a la debilidad, atended al desprendimiento al que convida y a esa lucidez que en la desdicha arde, ese fuego frío que mora en permanencia, sin alumbrar apenas, testigo, simplemente. Acercaos a la debilidad, haced acopio de desencanto. Sed débiles, amigos. Hay en la debilidad una virtud mayor que no se alza, que yace, difícil de aprender por la renuncia que la invita. Con ella, los días que nos quedan se escanciarán despacio, en presente, y aprenderemos, al fin, que lo eterno es el nombre que le damos a la inconsciencia y el infinito, la paz que se inaugura tan sólo para quien supo abandonar a tiempo la esperanza.



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No es candor, es ingenuidad lo que transpira la lírica cuando el autor describe un mundo rutilante y recrea, en clave de rosas y azahares, la engañosa mansedumbre de la naturaleza. No, no somos bienvenidos en la tierra, y nadie nos bendice. Y si bien es legítimo aspirar a la inocencia y sumirse en las aguas turquesas de un anuncio, no lo es negarse a reconocer la fragilidad que toda paz conlleva. Ciertamente, tanto se engaña el cuerdo en su cordura como el loco en su locura, y tanto vale pensar que la vida es dolor como que sea el más preciado de los dones, pues a todos nos aguarda, al final, la misma quietud, el mismo silencio de raíces exagües. En idéntica ceniza tornarán los labios de aquellos que callaron y los de quienes hablaron. Pero es sin duda más urgente reconciliarnos con lo humilde que rendir pleitesía a las formas consensuadas de lo bello.




















Bélgica

Chantal Maillard
Editorial Pretextos, 2011