9/7/11

El mes de Bélgica II







La tarde cae en Málaga. La luz baja despacio. Adquieren otra solidez, las casas. La oscuridad desciende.-¿La oscuridad?-. Yo desciendo. Yo-tarde, desciendo con el día. Condesciendo: no otra cosa es vivir. La tarde ocurre en mí. Simplemente. Doy fe.



***



Me preguntan si escribo. Contesto que no. Porque no entiendo qué es lo que preguntan. Siempre balbuceo en mi cuaderno. Pero ¿escribes ahora?, ¿qué escribes? No sé. No, nada... respondo. ¿Por qué no me preguntan si respiro? Será que respirar no tiene importancia. Sin embargo, al respirar, emito el mismo sonido que al escribir. Cierta sordera, sin duda, nos impide atender a lo que vibra despacio, calladamente.


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Construimos la inmortalidad con aquello que nos rodea y nos acompaña. Un objeto familiar es una parcela de inmortalidad. Cobijados por lo familiar, evitamos la sensación de estar perdiendo pie. Objetos y personas que nos acompañan dotan de continuidad los instantes de por sí inconexos que se suceden. Llamamos continuidad a esa sucesión, y existencia a aquella continuidad. El sufrimiento surge en las brechas, ahí donde la continuidad queda interrumpida por la ausencia repentina de una persona o de un objeto familiar. Entonces, el instante, abrupto, sorprende como el encuentro inesperado de un acantilado en un recodo del camino.


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-¿A quién le servirán mis conocimientos? -se lamentó el filósofo-. Empeñé mi vida en un inmenso esfuerzo de lógica, imperioso y solitario. Se averiguó inútil para la resolución de las cuestiones metafísicas, pero imprescindible para conocer los límites del conocimiento y valioso, sobremanera, para dilucidar cuestiones inmediatas. ¿Qué continuidad habrá, ahora, para tan largo empeño? Inútil es el saber que no se entrega. Soy como un panadero que, encerrado en su sótano, siguiese amasando pan a diario, lo cociera y lo colocara en los estantes a los que nunca nadie tendría acceso; cuando, al sentarse una tarde, a solas, contemplase las baldas repletas de panes cubiertos de verdín y comprendiese lo inútil de su empresa, ¿qué haría entonces el panadero?

-¡Basta de lamentaciones! -exclamó el poeta-. El ejemplo no es adecuado. Comer pan es una necesidad; pensar, en cambio, es un esfuerzo cuyos logros a menudo son amargos; ¿a quién iba a interesar? Mejor únete a mí, canta tu dolor, tu gozo si lo hallaras, todos se reconocerán en tus palabras, las cantarían contigo, las seguirían cantando después de ti y hallarán en ellas consuelo.

El filósofo levantó los ojos; había en ellos ternura y compasión.

- Si comiesen mi pan -le dijo al poeta dulcemente-, no necesitarían hallar consuelo. Lamentándose se amparan entre todos y eso les hace fuertes, lo sé, pero, ¿para qué utilizarán su fuerza? Si comiesen mi pan sabrían de la inutilidad de todas las guerras. El pan que amaso en secreto equilibra el universo.

El poeta lloró. Luego dejó de llorar.

- Enséñame, -le dijo.

Y de lo que hablaron fue de los límites del lenguaje, de las definiciones correctas, de la lógica que rige el pensar.

Después de mucho tiempo, el filósofo le preguntó al poeta:
- ¿qué has aprendido?

- A no llorar -contestó el poeta-. Y le señaló un pez de aletas doradas cuya cola guiaba como una quilla su cuerpo irisado bajo el agua. El filósofo se sentó a su lado.
Y de lo que hablaron fue de los días, de las nubes que pasan, de los ojos de los peces, del latir bajo el pelambre cálido de los mamíferos.



***


El tiempo se ensancha proporcionalmente al grado de atención. No se trata de una fórmula física, no, ni tampoco es una sentencia metafísica. Estoy hablando de algo tan común como aquello de lo que dan cuenta las expresiones familiares como Ha sido un día muy largo, o bien, El día de hoy ha pasado volando. Tiempo subjetivo, no el que fabrican los relojes (pues está claro que los relojes no miden sino que inventan el tiempo común), sino aquel que es, al fin y al cabo espacio, ya que designa esa continuidad de la vigilia en la que tienen lugar nuestros gestos, nuestros actos físicos y de conciencia.

Que el tiempo se ensancha proporcionalmente a la atención significa que cuanto más intensa sea la atención más se dilatará el tiempo objetivo (el que marcan los relojes) un mayor número de movimientos, físicos, por supuesto, pero sobre todo mentales. Así es como, a punto de tener una accidente (los frenos, por ejemplo, no responden), somos capaces de sopesar, en milésimas de segundo, todas las posibilidades y decidir aquella que hemos de tomar. La llamada "reacción instintiva" o los "buenos reflejos" son, en realidad, una delicada cadena de respuestas de la que generalmente no somos conscientes por... falta de tiempo, es decir, porque de ordinario vivimos con la atención adormecida. Pero cuando ésta se despierta por alguna razón que la llama poderosamente, como es el caso de un accidente, podemos tomar conciencia de lo que ocurre hasta el punto de que nos dé la impresión de que decidimos aquello a lo que asistimos. Y, en realidad, decidimos. De que queramos comprender nuestro comportamiento en términos mecanicistas, espiritualistas u otros depende que atribuyamos la decisión, en circunstacias normales, a uno u otro concepto, pero quién o qué decida, si el cuerpo-mente o la voluntad racional, para el caso es lo de menos, pues en tales momentos lo que ocurre es que, en el tiempo ensanchado por la atención, la conciencia se unifica con ese cuerpo-mente para dar la respuesta más acertada. Con algunas drogas como el alcohol, por ejemplo, se produciría el efecto contrario, ya que bajo su influjo se reduce la capacidad de atención, y el tiempo se contrae.
La atención es absoluto presente. ¿Cuál será, pues, el tiempo de la memoria? ¿Qué espacio será aquel que se abre sobre el recuerdo, en el destello? ¿Cómo mantener allí la atención despierta para atraparlo? O no podrá atraparlo la conciencia, dispuesta a traerlo a otro tiempo, un presente que no le pertenece, el de quien, en ese momento, recuerda.
Y recordar es un gesto. El de la imagen que discurre -en nuestra mente, decimos.



***


Alguien a quien no recordabas aparece en un cruce de caminos, o de gestos, de acciones dispuestas por otros. Y los hilos convergen, y un huso se comba, listo para recibirnos, para recibir el nos que el mí, espontáneamente, estima como propio. Alguien aparece, que conserva la memoria de aquel tiempo compartido en los inicios y, de repente la carga se aligera: no eres la única responsable del pasado, no sólo por ti respirarán los muertos. Pues quien se queda solo, quien se queda el último protege con su aliento a todos los que fueron; de él depende la historia de los suyos. La memoria se convierte en una responsabilidad: el que queda ha de responder por todos los que le precedieron.

Pero alguien reaparece y te dice ¿Recuerdas...?, y de repente dejas de ser el único testigo. Un tiempo compartido se abre en el que sois cada cual para el otro, ese testigo. Y tú le dices Sí, y ¿recuerdas...? Y aligeras su carga igualmente porque tú abres también para él el teatro de la memoria. Descorres la cortina, levantas el telón, traes a escena gestos olvidados, animas las máscaras y les abres la boca a los muertos antiguos para que digan, para que vuelvan a decir lo que entonces dijeron, y él y tú reconozcáis entre ambos la historia que fue de todos. Y sabéis que nadie más está vivo para hacer memoria de todo aquello, que nadie hay que pueda contaros lo que no recordáis ni contestar las preguntas para las que no tenéis respuesta y, así, colmar los huecos.

Porque muy pronto te das cuenta de que lo que recordáis, tanto él como tú, son unas pocas escenas. Y si antes ¿Recuerdas...? iba seguido, por ambas partes, de una sonrisa beoda, ahora, lo es apenas de un rictus que deja transparentar un reconocimiento marchito. Y entiendes que los recuerdos no deben exponerse a la luz, que conviene evitar que se incorporen del todo, que, para salvaguardarlos, han de abortarse prematuramente sus apariciones, pues su existencia transcurre entre bastidores, al amparo de la sombra. Y es que el recuerdo, en la sombra, es más; la imagen que adopta en la luz lo empobrece.


***




















Bélgica

Chantal Maillard
Editorial Pretextos, 2011

10 comentarios:

bazoko

apuntes, una vez más, que van configurando el tejido de un texto, van in-corporando (dando cuerpo a) un con-texto que es, a la vez, pre-texto: texto previo, inconcebible fuera de texto que cartografía, fragmentariamente, una intimidad, vida que se dice y va auscultando su propio mecanismo de percepción, la decantación de las imágenes en la conciencia, indagando el destello (frente a la imagen-memoria), en los poros del mundo, en lo infinitamente por decir. Apuntes, tal vez, de un libro por venir, que se va haciendo a retazos ante la mirada desprovista de juicio, necesariamente desprejuiciada por una escritura que desaloja todo lastre metafísico e invita a la desnudez, a la consentida desnudez que quien se vive doliéndose...

por eso es un pensamiento que se postula como una psicología, una fenomenología y una terapéutica. Antimetafísico, desenraizado, periférico, casi diríamos "marginal" si el propio margen no fuera también puesto en tela de juicio por los diversos con-textos tipográficos, epistemológicos, cognoscitivos que el libro va hilando delicadamente a través de sus páginas abruptas, tiernas, minuciosas: desmesuradas.

un libro, en cierto modo, a la espera del libro: enorme nota al margen de un libro anterior. todo sucede donde "eso" tiembla y dice, al ritmo de la fragilidad que nos es consustancial. Libro mosaico, también, donde cada cual podrá escoger entre infinidad de teselas para armar su propio espejo y en él reconocerse, in-formarse, de-formarse: crear una íntima desolación o dar paso al gozo aún no nombrado, a la infancia y la inocencia primera, anterior a la firma, al contrato con el que perdimos un mundo, claudicando ante la ceguera de la voluntad de Nombrar...

salve

Aphisme

El poeta y el filósofo. El que más me gustó. Los detalles, en semenjante conversación, como: "el filósofo levantó los ojos: había en ellos ternura y compasión", o "el poeta lloró. Luego dejó de llorar". Sienten tristeza, los dos, comparten la tristeza. No cabe agresión o enfado. Sólo compasión y tristeza. Sólo asentirse uno a otro. Vaievenes del pensar y sentir.

Besos

Ahab

Otra vez gracias bazoko, por venir, por escribir, por inclinarte hacia, y por todo lo demás, que no se dice porque no se puede decir.

La escritura de Chantal consigue aunar tres conceptos, a falta de poder nombrar otra cosa, es una esritura "psicológica-filosófico-poética", un observarse doliéndose. Se juntan los vértices y se desprende algo vivo que tiene el amargo de la flor, que pronto será fruta eterna. Una fruta que madura pero no se pudre.

un abrazo

Ahab

Aphisme:

celebro que cites esos detalles que a mi también me inclinan, me doblan y me oblicuan. Me llegan a lo hondo y se produce una complicidad profunda que nos ayuda a vivirnos por dentro.

En este árbol no debería haber más que eso, a fin de cuentas, ternura y compasión; aunque a veces la tarea sea de invectiva, aunque a veces esos ojos se levanten en la ceguera y el árbol agite sus ramas para abrirlos.

Gracias

C C RIDER

Es una narrativa muy intensa la de Chantal, la descubro en tus ramas y la adopto como espejismos elucubrantes de sinceridad. Recuerdo la frase que decía "¿dejaré de amar la luz porque produce sombras?" y yo digo, ¿deberíamos dejar de amar las raíces porque no tienen sombra?. La respuesta está en no contestar y vivir entre esos dos lados, influenciable, voluble, para como dice Maillard "colmar los huecos"
Me sorprendo aquí escribiendo pues parece que me he acercado al texto. Gracias por compartir.

Ahab

Bienvenido al árbol C C RIDER. Sí, la escritura de Chantal es muy intensa, y admite todas las re-lecturas que queramos, ofreciendo siempre nuevas vías cognitivas. Nos permite pensar en los bordes, allí donde después parece que "no hay".

gracias por venir a este rincón y comentar.

Colmemos los huecos!

Ahab

Por cierto, subo tu blog a estas ramas.

bazoko

hoy en prensa, entrevista y reseña:

http://www.elpais.com/articulo/portada/escritura/ejercicio/conciencia/elpepuculbab/20110716elpbabpor_13/Tes

http://www.elpais.com/articulo/portada/rutina/vivir/elpepuculbab/20110716elpbabpor_12/Tes

la reseña es floja y la entrevista no le saca partido al libro. El entrevistador se limita a tirar de cuatro tópicos paupérrimos, no acierta a entrar en el meollo del libro. Pero bueno...

Ahab

Llevas razón. Ni la entrevista ni la reseña dan demasiado, pero está bien. No se escribe mucho sobre Chantal, se agradece que aunque sea poco, se haga.

Muchas gracias por compartir esos enlaces; seguramente no me habría enterado,

Un abrazo

C C RIDER

Gracias por hacerme savia de tu árbol. Para colmar el hueco, iré después de beberme este café a buscar el libro anunciado en esta entrada, encargarlo, ya que las librerías como tal existían están ausentes.