21/7/11

El mes de Bélgica III


Debo decir, en esta última entrada, que los textos que he transcrito han sido seleccionados sobre la marcha, conforme he ido avanzando en la lectura. El cuerpo de Bélgica es todo dentro, se conoce a medida que se va leyendo; es como si de una imagen sólo viéramos una parte y poco a poco fuésemos conociendo el resto, ampliando la mirada y des-con-certándonos mejor. Seguramente en entradas futuras vuelva a transcribir fragmentos de este libro para explicar o ilustrar otros pensamientos. Lo que Chantal dice, mejor que ella no lo dice nadie, si a caso alguien -conscientemente- lo dice. En futuras lecturas que harán otros yoes, acercándose de nuevo a esta tierra Maillardiana, encontrarán de seguro otros vértices, caminos, pliegues; encontraré(mos) otros rincones habitables, otras oblicuidades del soñar y el pensarse, y quizá seleccione otros textos para otros cometidos. La selección que he hecho en estas breves entradas, además de que surge sobre la marcha de la lectura, no pretende significar Lo mejor de, ni siquiera Lo que más me ha gustado de, aunque, naturalmente, un tanto de esto último hay. Seleccionar estos textos y no otros responde a una mezcla entre el re-conocimiento que encuentro en ellos y la "viabilidad" para publicarlos en el árbol. Pero este libro ronda las 400 páginas, y en él no diría que hay textos más o menos filosóficos, o más o menos poéticos. Hay poemas que se piensan. Y pensamientos que se poeman. Hay un decir hasta que se puede, sin sobre-decir. Hay maravillosos momentos de empatía y compasión en que no se nombra, en que nada se nombra porque no puede ser nombrado -lo que hay.

Chantal escribe lo-que-no-se-puede-decir de la mejor manera. Su lectura quizá no es para cualquiera. Pero es que algunas cosas no son para cualquiera, por alguna razón no pueden serlo. Bach no es para cualquiera, no es Barbara para cualquiera. Ciertos autores, ciertas obras, o ciertos seres necesitan -a falta de mejores palabras- de una apertura del alma, cierto vuelco de la sensibilidad, para canalizar la emoción y la energía que entregan; que pueden entregar. Algunas obras se cierran sobre sí mismas, se protegen, no pueden ser penetradas por todas las sensibilidades, o todos los estados sensibles. Chantal es para unos pocos y unas pocas que nos reconocemos en su escritura; y en ella, habitando el temblor o la ternura, vislumbrando el vértigo o rastreando lo invisible que queda atrás -atrás de la acción-, escrutamos los pequeños universos del ser.
_________________



Ser para otros un tercero es cosa natural cuando no se está presente, pero, cuando se está, hace que uno se encuentre incómodo en la propia piel, como si excediese el espacio que le corresponde, o como si se transparentara o se hubiese ausentado sin saberlo. Cuando hablan de ti en tercera persona y tú asistes a la conversación, te desdoblas: ¿quién, de ti, está escuchando hablar de ti? ¿Por qué extraño fenómeno estás ahí, como si de un muerto se tratara, oyendo lo que dicen de ti? En la infancia, los comentarios se hacen en tu presencia porque no eres una persona, sino un ente pequeño que se supone que no entiende y, más tarde, siendo ya persona para otros, se sigue haciendo en tu presencia, como suponiendo que tampoco entiendes, porque estás lejos o no atiendes, o hablas otro idioma, o porque no te conocen. Hablan de ti en tercera persona y te conceden la extranjería en el espacio mismo de tu cuerpo, aquel que creías más evidente, incuestionable: tu presencia física.


***


Si alguien quiere salvaguardar sus recuerdos, que no trate de confrontarlos con nadie, pues no fue tal, para otros, aquello que recuerda.

He venido en busca de mi infancia, de su rastro. En mi anhelo, he pretendido comprobar, corroborar y ensanchar mi recuerdo con memorias ajenas. Y he aquí que éstas me ofrecen las esquinas más duras, los pliegues más oscuros.

Abrir la memoria, ¿para ver más? ¿Para poseer? ¿No convendría a caso, antes bien, bendecir el olvido y permitirnos ser sin las trabas de lo que fuimos? Anhelamos poseer la mirada divina antes de comprender cuán desesperante ha de ser, cuán terrorífica. Le fue necesario a Dios encarnarse para poder soportarla.


***


La escritura es proyección y vaciado. La mente -¿la mente?-, algo se aligera volcándose en el cuaderno. Toda forma expresiva es un ejercicio de reducción. El lenguaje, siempre, simplifica la experiencia, la reduce a elementos significativos, conceptuales. Para su comprensión. Comprender, no hay que olvidarlo, significa "apresar conjuntamente". ¿Dónde pues queda lo vivido, en el decir?


***


acabará consiste

[ETTERBEEK]


túnel oscuro. Cartel Norte. Dentro cálido fuera reloj en alto cuadrante arriba chimeneas alineadas. Hojas secas sol apenas o de vez en cuando. Túnel. Acabará. Acabará consiste. Sensible. Mejor el frío fuera, dice alguien. cartel azul y blanco. Dentro malva. Entran todos envés. Todos en lo que se mueve en túnel a través. En su sitio. cada cual en su sitio pegado a él por un cable en su oído. Sin túnel casas alineadas ramas secas imagen también seca sin mí nostalgia abajo todo escapa cemento gris fachadas inhóspitas todo gris Etterbeek sin destello grúa en las vías piedras hojas menos viejas escarcha en tejados trocitos de hierba nieve escasa en taludes nostalgia pinzamiento



[GROENENDAAL]


ahora la tarde. Cayendo, dicen. No cae. tan sólo más difícil distinguir algo de otra cosa salvo placas de nieve reluciendo ramas o maraña negra sobre nubes abajo donde la luz asientos vacíos otra luz sobre rail derecho más difícil distinguir Groenendaal los caballos y él con frío en las manos resoplando dedos entumecidos ríe boca desdentada gorra maloliente habla sin entender adiós su risa gruesa salpicando mi abuela riñe su hermano alza los hombros ríe de nuevo gorra en cabeza sale por fin olor a hombre tras él pequeña respira ahora muerto ya pasó ya todos muertos ya pasó


***


Una casa es un ente insólito. Puede adquirir sobre sus habitantes un extraño poder y ejercerlo con tiranía. Es frecuente oírle decir a alguien que no sale porque "no puede dejar la casa sola". Su dueño es, en realidad, su esclavo; ha de cuidarla, mantenerla, vigilarla, protegerla como si se tratase de una persona. Por otra parte, las casas tienen autodeterminación: pueden cambiar de esclavo, echar al que no les conviene o retener al que quisiera escapar de ellas. El que queda atrapado enferma en cuerpo y espíritu y su enfermedad puede transmitirse de generación en generación.

No sé en cuál de mis casas quedé atrapada. Las que recorro en sueños aparecen siempre distintas de lo que fueron. He vuelto sobre mis pasos varias veces en busca de ellas. Las he vuelto a recorrer. Éste es el dossier de esos reencuentros.


***


Volver para recuperar. Fragmento a fragmento. Fragmento sobre fragmento. Volver de soslayo. Volver apenas, el tiempo justo, el tiempo necesario para ser sorprendida. En cuanto ocurre el destello, su lugar de aparición ha de ser abandonado.

Los que han muerto no tardan en perder el rostro. Con el tiempo van borrándose sus rasgos en la memoria y su imagen se convierte en idea. Empiezan entonces a vivir en el concepto de lo que fueron. El concepto: com-prensión de todos los fragmentos, reducción de todas las imágenes a una sola y, finalmente, conversión de la imagen en residuo de conciencia. "Él" o "ella" queda reducido a "saber-que-él", "saber-que-ella", se repliega su tiempo en un no-tiempo, la suma de todos los gestos que la memoria atesora, ya no en su imagen, sino en su idea. A eso, sin duda, es a lo que llamamos comúnmente olvido. Ese proceso.



***


No hay infancia. Se acabó. No la hay. La hubo, pero ya no. Sólo son huellas, improntas, vāsanas, dirían en la India, unas más atenuadas, otras menos. Tejido deslucido, la conciencia, o bien sonoridad, antiguas vocalizaciones que quedan resonando.

No, no hay. Nada por recuperar. Las huellas son dentro. Fuera, otras voces, nuevas. Nuevos objetos para nuevas costumbres, nuevas huellas para otra infancia. La nuez que crujía bajo el diente ahora proviene de países lejanos, las manzanas vienen en paquetes de seis y la cajera enseña a la aprendiza de tez clara cómo son las cosas por el trato que debe dar a las distintas tarjetas de pago.

Levántate y anda, dice una voz -la del texto, otro texto-. ¿Quién ha de levantarse? ¿Quién, para caminar? No hay otro yo que el que se hace caminando. Y sin alguien a mi lado, no camino.

El mundo se escora. Las cosas son como se enseñan y las jóvenes vidas aún no saben que lo que-es es lo que interesa que sea. Saber que una mastercard ha de tratarse como visa, por ejemplo.

El sabor de las frutas pronto habrá desaparecido. La fauna será aquello que se encuentra en las imágenes de National Geographic. El sabor de una fruta, el olor de un animal serán cosas del pasado, de las que se tendrá noción, ya nunca confrontación. Pronto. ¿Os acordáis del sabor de una fresa pequeña? -Y cuando esto ocurra, cuando no se sepa más qué era una fruta, o un animal, ¿quedarán las canciones?

Quizás no sea tiempo, ya, de nostalgias. Nosotros, los europeos, hemos olvidado cantar hace mucho, pero nos enorgullecemos de nuestros logros sociales. Individualismo, libertad de conciencia y diferencia, beneficios relativos si entendemos que el yo que se crece en su individualidad acaba separándonos a todos. Pequeños yoes, pequeñas personitas que se creen con derecho a juzgar al otro, que a su vez igualmente juzga al otro, que a su vez... y las espaldas retumban con el signo de autoridad de los unos adjetivando a los otros. El poder de juzgar siempre nos alza por encima del que es juzgado. Y así, emprendemos la danza de todos sobre todos a ver quien más, a ver quien más alto, quien de más alto cae. ¿Dónde aquel consenso que nos unía a todos, antes de la diferencia? ¿Hubo un antes?

***

6 comentarios:

bazoko

hoy acaba de salir esta reseña, que está mucho mejor que la de El País:

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/29598/Belgica

volveré para comentar con detenimiento,

salve

Ahab

Gracias una vez más bazoko. Siempre atento. Un abrazo

Aphisme

Al fin he conseguido este libro, aunque aún no está en mi poder pero pronto lo estará. Mientras, vuelvo a las ramas del árbol a releer estos fragmentos que has compartido y que tanto me han gustado.

Besos

Ahab

Me alegro Aphisme. Seguro que te gustará mucho. Gracias por volver y comentar.

bazoko

he releído el libro, saboreándolo en nuevas aristas, deteniéndome en parajes que antes me pasaron inadvertidos, buscando el hueco, la íntima flor intersticial, la lengua del "entre": la "entre-escritura" que aflora entre el pensar y el sentir, entre los poemas que se piensan y los pensamientos que se "poeman" (tal como has descrito con admirable sutileza)

aún me es difícil hablar del libro sin incurrir en trivialidades, sin que la usura de los nombres desgaste aquello que germina en la intuición y no sabe decirse salvo en lo discontinuo: balbuceo, acaso, de lo que se sabe no sabiendo y no acierta a inscribirse en una lengua sobre-saturada de designaciones, codificada hasta la extenuación o la náusea...

se me ocurre que este libro habla la lengua de la fragilidad. Una lengua pequeña, un tono increíblemente "bajo", con sutiles modulaciones, inflexiones apenas perceptibles si el oído no se inclina, si la atención no está dispuesta. Es un territorio desprovisto de mayúsculas, con un "yo" deconstruido, con una sintaxis sutilmente destejida y luego recompuesta, con mimo, con delicadeza, entre sombras.

Se me ocurre que los místicos siempre han intentado ir más allá del lenguaje, hasta una Unidad indiferenciada, Luz metafísica donde resolver el terrible pathos de lo humano. Maillard también lo hace así: atraviesa el lenguaje, o el lenguaje la atraviesa, pero no llega más-allá-de; donde llega no hay trascendencia ni resolución en un principio Uno. No hay calma (ese tipo de calma). Llega a un lugar, pero ese lugar está vacío.

La ética de la vacuidad nos fuerza a inventar un mundo, a ir ensanchando el límite de lo que somos a través de un verbo intensamente fragilizado. Ese límite o frontera del decir, ahí donde se habla la lengua del temblor, será la única morada posible: existencia nómada, eterna desterritorialización declinada en exilios sucesivos, margen que acoge, voz que se da en el gesto, en las mínimas fisuras de un cuerpo escrito que se duele; regazo, regazo al fin

un método de deconstrucción atento a desalojar todo lastre metafísico, y que tiene la ventaja epistemológica de prevenir, con su desdramatización táctica, la irrupción de los metalenguajes: el observador se situaría en un pliegue recóndito, su mirada sería oblicua, menuda, desacralizadora

(e intensa, delicadamente compasiva, sin predicar por ello ninguna fe: compasión desde la orfandad, del ojo al hueso de lo vivo)

tanto y tanto por decir, y tan pobres las palabras

gracias por este intenso y extenso recorrido, por hilos que se insinúan y trazan, han trazado ya, nuevos territorios mentales, afectivos, creativos

salve

Ahab

Una vez más celebro tu visita y tus palabras, bazoko. Tu escritura-vida, como yo la llamo, siempre es bienvenida aquí. Me ha encatando tu comentario. Lenguaje del "entre"; ni aquí, ni allí; ni aquí del todo, ni allí del todo: entre. Y también en el borde, en el límite, como señalas; poco antes del balbuceo, porque Chantal se acerca, con mucho -'olfatea'- donde ya "no se puede decir". La vacuidad, la ausencia de nombre, de verbo; la ausencia de todo lo que hemos creído alguna vez que era nosotros. El vértigo. Escritura valiente, y escritura tallada, escritura en el límite. Escritura que tiembla, se estremece y es dolor y gozo; no otra cosa es la vida.

un abrazo