1/7/11

El mes de Bélgica


La poeta y filósofa Chantal Maillard ha publicado recientemente uno de los libros más conmovedores que he leído nunca, Bélgica. La autora, por medio de su extraordinaria capacidad de cuestionarse la vida y el pensamiento, propone un viaje de regreso a los parajes abstractos de la conciencia en gestación. Una odisea a la infancia a través de una lectura exquisita, no exenta de herida y desasosiego existencial. Permanente búsqueda que el Yo hace rodeándose a sí mismo.

Para muchos, su prosa poética y su poesía son nuestra voz. Chantal se detiene en los pliegues, los examina, los enfrenta. Los explica de algún modo; los describe; nos des-cribe a todos describiendo el pensar-se. Chantal dice lo que nosotros no podemos decir.
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Decimos La vida. La vida es. Decimos La muerte.
Decimos Vida y muerte. Decimos Amor. Hablamos, verbalizamos, sustantivamos. En cada caso, ¿a qué nos referimos?

Amo el amor, dije alguna vez. Me refería a una sensación, o a un estímulo. Sensación. Estímulo. Palabras que tampoco significan gran cosa. Debería haber dicho, haber sabido decir aquella tensión en mis venas, aquel latir que me llevaba hacia las leves señales de otro latir en el que deseaba perderme.
¿Qué queda ahora de aquello, salvo estas palabras abstractas, sin referente?.


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La pasión dura en el ser humano lo que el celo en otras especies. Aquélla, no obstante, por conveniencia, inventa una continuidad. Allí donde había pulsión dice "amor", y lo enaltece. Con el tiempo, inevitablemente, el período de celos, y lo que era defensa de un territorio, pasa a ser el cultivo de una posesión. La palabra amor, que algunos siguen pronunciando más allá de ese momento, es punto de cruz con el que, en nuestra cultura, adornamos nuestra vida, convirtiéndolo en un tapiz cursi y añejo.



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Hubo un tiempo en que la locura no existía. Si alguien decía que hablaba con los animales, se le creía. Nadie era rechazado por su comunidad por escuchar a un árbol o a una montaña.

Una sociedad crea sus neurosis cuando ya no es capaz de atender a las necesidades de sus miembros, cuando no alcanza a regular sus conflictos. Entonces, en vez de integrar, separa y oprime.


A veces el consuelo toma formas excéntricas. Llaman locura, en tal caso, al sutil equilibrio que se trama bajo la conciencia y tratan de devolver al ser dolido al mundo compartido por todos. Le quitan el consuelo, le rompen la estrategia. Si no ha podido resistirse, clavado en medio de la realidad, entonces, desfallece.



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No destacar: un impecable principio de convivencia. No destacar significa no invadir el espacio ajeno, limitar la intención personal para dejar que otro pueda desplegarse en el suyo. No destacar significa tener en cuenta la necesidad que el otro tiene de ser alguien, de contar para otros, de importar igualmente.

La solidaridad, como valor o como norma, en una sociedad donde se prima la competitividad es un contrasentido. Si pretendemos educarnos en la solidaridad, sería conveniente, ante todo, reemplazar los modelos de competición por otros más igualitarios. Trocar el paradigma vertical (jerárquico, ascendente y descendente: éxito-consideración/fracaso-desprecio) por otro, horizontal. La igualdad de oportunidades no ha de confundirse con al igualdad social. Pero el sistema de consumo se contrapone radicalmente a los valores de equiparación o igualitarismo; no se sostiene sin las diferencias porque necesita de individuos que quieran distinguirse y consuman, para ello, productos de toda índole. La desigualdad es la piedra angular del sistema de consumo. Virtudes como la modestia o el recato no tienen, por ello, lugar en él. Son valores designados como obsoletos porque, simplemente, no convienen.



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Animalitos empeñados en la perpetuación de la especie. Paradas nupciales, plumajes enarbolados, gorjeos, quiebros... Si fuese tan sólo eso, pero no: los animalitos culturales aderezan sus gestos con palabras y construyen con ellas una "sólida realidad" que se sostiene en el vocabulario.

Amor, le dicen a la atracción inducida por efervescencias hormonales.
Amor, le dicen al interés por la supervivencia de la prole.
Amor, le dicen al hábito que, con el tiempo, se fortalece.

Amor, le dicen al domesticado placer del roce de los órganos.

Amor, le dicen al deseo, que sólo siente el animal herido, de volver al cobijo materno, y aún antes.



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Calla. No hables ya más. Deja la retórica. Toda ella. La mente es pura analogía. Abandona las redes, las telarañas con las que tratas de explicar el mundo.

Fuera del cerco. Salta. No digas más. Hazlo.



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Sed débiles, amigos. Erradicad la tristeza: esa cargada de esperanza. La tristeza es deseo engastado en la impotencia. ¿Quién dijo que la esperanza fuese una virtud? Abridla, ved cómo se deshace la pulpa entre los dedos y su olor, el olor de lo pútrido os impregna el vestido. La tristeza y la esperanza cuelgan del mismo árbol. ¿Que es virtud la fuerza de vivir? No, no es ninguna cualidad admirable del alma sino fuerza (vis) incontrolada, efusión de la carne por ser carne, por seguir siendo, siempre. No es admirable la fuerza de vida, es simplemente natural. Y cuando se impone al caos (la enfermedad mortal, la decadencia) y pretende seguir construyendo sobre él a pesar suyo, se convierte en la enemiga de la vida misma, de la vida de todos. Acercaos a la debilidad, atended al desprendimiento al que convida y a esa lucidez que en la desdicha arde, ese fuego frío que mora en permanencia, sin alumbrar apenas, testigo, simplemente. Acercaos a la debilidad, haced acopio de desencanto. Sed débiles, amigos. Hay en la debilidad una virtud mayor que no se alza, que yace, difícil de aprender por la renuncia que la invita. Con ella, los días que nos quedan se escanciarán despacio, en presente, y aprenderemos, al fin, que lo eterno es el nombre que le damos a la inconsciencia y el infinito, la paz que se inaugura tan sólo para quien supo abandonar a tiempo la esperanza.



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No es candor, es ingenuidad lo que transpira la lírica cuando el autor describe un mundo rutilante y recrea, en clave de rosas y azahares, la engañosa mansedumbre de la naturaleza. No, no somos bienvenidos en la tierra, y nadie nos bendice. Y si bien es legítimo aspirar a la inocencia y sumirse en las aguas turquesas de un anuncio, no lo es negarse a reconocer la fragilidad que toda paz conlleva. Ciertamente, tanto se engaña el cuerdo en su cordura como el loco en su locura, y tanto vale pensar que la vida es dolor como que sea el más preciado de los dones, pues a todos nos aguarda, al final, la misma quietud, el mismo silencio de raíces exagües. En idéntica ceniza tornarán los labios de aquellos que callaron y los de quienes hablaron. Pero es sin duda más urgente reconciliarnos con lo humilde que rendir pleitesía a las formas consensuadas de lo bello.




















Bélgica

Chantal Maillard
Editorial Pretextos, 2011

6 comentarios:

Aphisme

Me gusta mucho. Si a alguien le resbalan estos textos, si no le dicen nada o le ofenden semejantes verdades, ese ser tiene un problema, ¿no crees?

Intentaré conseguir el libro, aunque intuyo que dedicarás todo el mes a él y publicarás más cosas. Estaré atenta.
Gracias Ahab

Besos

PeterPan

Interesante Chantal. Una escritura diferente desde luego. Hace un tiempo publicaste un poema de ella aquí que me gusto mucho.

Saludos

bazoko

Después de la descomposición de la sintaxis de "Husos" (y con ello, de la textura de un mundo, el que configuramos verbalmente, el que sustenta nuestra fragilidad) estos textos parecen templados por cierta ecuanimidad, habitados por la serenidad a un tiempo distanciada y entrañada del aforismo. Lapidarios, pero acarician. Esquivos, pero se ofrecen. Y van tejiendo un tapiz de dimensiones difícilmente concebibles: ese libro es una psicología, una fenomenología, una terapéutica. Ante todo, un libro de pensamiento, insólitamente desdoblado en varias voces (el péndulo entre los viajes y los intervalos: inolvidable) que buscan el destello, la memoria antigua, el gozo: la infancia. Todo ello sin olvidar una de las líneas de fuerza rectoras que vertebran este pensamiento: la denuncia y desactivación de las ideas heredadas, las estructuras mentales consensuadas que tan fácilmente creemos propias, genuinas, "auténticas"...

Me gusta especialmente esta sentencia: "No, no somos bienvenidos a esta tierra, y nadie nos bendice", por todas sus implicaciones metafísicas, teológicas, pero también antropológicas: este mundo que se pierde no da la bienvenida a quien provoca su destrucción, como sí la daría al perro de la fotografía (al que está dedicado el libro),

un abrazo

Ahab

Hola Aphisme:

gracias por comentar, me alegro que te guste esta escritura tan desprovista de adornos y pretensiones, tan encarnada.

No dudes que habrá a quien le resbale, y a quien le ofenda; lo primero es más peligroso creo.

Sobre comprar el libro, depende de dónde estés; en España no te debería resultar complicado conseguirlo, está en numerosas librerías. Dedicaré las entradas de este mes a publicar otros fragmentos, merece la pena. Es un libro maravilloso.

Gracias de nuevo

Ahab

Hola P. Galvez:

efectivamente, publiqué un poema llamado "Conmigo" (la entrada la titulé "Voz-poema que dice". Porque dice mucho más que el grueso de la literatura. Su escritura dice como pocas; habla desde los límites, desde los bordes de la comprensión; se hiere y está viva. Ese poema es realmente estremecedor, revitalizador, es alimento y es morada. Pero claro, requiere una renuncia (desde mi actual punto de vista necesaria y urgente para todxs, a pesar de que sólo se dé apenas en un número reducido de personas), requiere una renuncia a las capas más superficiales de nuestra mirada sobre el mundo, requiere quitarse velos, como diría Chantal, "des-velar-se"; requiere mirar

adentro.

Gracias por pasar una vez más

Un saludo

Ahab

Bazoko:

es un libro maravilloso, lleno de vetas de múltiples formas. Un rosario de formas de decir y temblar. La mirada se "achica" y se diversifica, se hace oblicua; ahí donde el temblor; ahí donde Chantal, ahí donde nosotros.

Ando en él, reconociéndome, viajando, emocionándome, viviendo.

La forma tan sutil y "verdadera" (no podía ser de otro modo), de abordar los "destellos" que se aparecen insólitamente, sólo esas veces en las que llegan sin avisar; el tacto tan delicado con el que los aborda, para no profanarlos, para no inventarlos, para no cambiar, me resulta realmente admirable.

Te sigo leyendo

gracias por venir y taer tu escritura-vida al árbol: agua de la que bebe.

Un abrazo