8/9/11

Nosce te ipsum



[...] Desear tan poco y conocer tanto como sea posible ha sido la máxima principal que ha guiado mi existencia; pues la voluntad es nuestra parte más vulgar y mezquina; como a los genitales, tenemos que ocultarla, aunque unos y otra se hallen en las raíces de nuestro ser. Mi vida es heroica, no definible en términos pequeño-burgués o mercantilistas, y menos en los que cuadran al común de las gentes, que no conocen otra cosa que el trajinar diario de cada individuo; mal pudiera, pues, afligirme al constatar cómo me veo privado de todos aquellos aditamentos de la vida convencional del sujeto típico: cargo público, hogar, relaciones sociales, esposa e hijos. La vida de tales personas se reduce a asuntos de esa índole; la mía, en cambio, es de tipo intelectual, y su despliegue gradual e ininterrumpido durante los cortos años en que dura la plenitud intelectual y su libre ejercicio está destinado a beneficiar con su fruto a siglos de la humanidad. Comparada con esta vida intelectual, mi existencia personal representa sólo una base, una conditio sine qua non, es decir, algo totalmente secundario. Cuanto más escueta sea esa base, tanto mayor será su firmeza; con que cumpla su función para con la vida intelectual habrá alcanzado su cometido. Además, nunca me ha fallado la guía certera del instinto característico de quienes orientan su existencia hacia fines intelectuales, lo cual me ha permitido pasar por alto los objetivos privados y encauzarlo todo hacia mi vida espiritual. De ahí que tampoco me inquiete que mi biografía personal produzca la impresión de ser inconexa y desordenada: se asemeja a la voz acompañante de una melodía, que por sí misma carece de coherencia porque sirve de trasfondo a la voz principal, que en cambio sí la tiene. Lo que inevitablemente se halla ausente de mi vida personal me es compensado de otra manera, a saber, a través del goce pleno de mi espiritualidad y el cultivo de mi vocación congénita a lo largo de mi vida. Es más, si poseyera aquello que me falta, sería incapaz de disfrutarlo y me resultaría un estorbo. Tratar de desviar hacia otros menesteres o imponerle tareas, a un espíritu que de suyo brinda y produce frutos, especialmente frutos que nadie más podría brindar y que por ello perduran, apartándolo así de su actividad benéfica, es no sólo cruel sino insensato. [...]

[...] es verdad que Goethe dice que la conversación es aún más vigorizante que la luz; y sin embargo, es preferible guardar silencio antes que sostener una conversación tan pobre y acartonada como la que es usual entre los hombres, en la que tres cuartas partes de lo que a uno se le ocurre no puede ser dicho por miramientos que no por inevitables son menos necios, con lo que la conversación se torna en una especie de caminar sobre la cuerda floja de lo que es permitido decir sin riesgo alguno. Generalmente, cada conversación, excepto la sostenida con un amigo o un amante, deja un mal sabor de boca, una leve alteración de la paz interior. En cambio, todo recogimiento del espíritu deja una estela reconfortante. Si hablo con los hombres, lo que obtengo de ellos son sus opiniones, que casi siempre son falsas, ramplonas o mentirosas, y están vertidas para colmo en el paupérrimo lenguaje que cuadra con su talento. Si, en cambio, hablo con la naturaleza, ésta me proporciona, verídica y francamente, toda la esencia de cada cosa mentada, y lo hace de forma nítida e inagotable, expresándose en el lenguaje de mi espíritu. A mí siempre me absorben vivamente mis pensamientos y su transmisión; pero con los bípedos no pasa lo mismo: no se interesan sinceramente por sus propias ideas y expresiones, ni las respaldan con el suficiente entusiasmo como para que uno se los tome en serio. Por eso están siempre atentos a su entorno inmediato, en un grado que a mí me resulta incomprensible. Mi mirada se enfoca en un punto concreto, pero la de ellos siempre yerra difusa de un lado a otro, y acogen con alegría cualquier ruido que los interrumpa. De ahí que, por ejemplo, los hombres nunca me parezcan menos mis semejantes que cuando observo cómo hablan por hablar, toleran indolentes el ladrido de los perros o mantienen canarios en cautividad. [...]

* Apuntes íntimos de Arthur Schopenhauer de origen difuso. No vieron la luz hasta pasados varios años, no sólo de la muerte del autor, sino de la muerte del amigo que "heredó" estos textos. En España están publicados por Alianza Editorial bajo el título de El arte de conocerse a sí mismo, 2009.

4 comentarios:

bazoko

reconforta encontrar un espíritu libre como el de Schopenhauer...

lúcida reflexión sobre el ruido inútil, la ininterrumpida cháchara del animal humano... en mitad de una ciudad, a veces agradecería uno que el coro de voces enmudeciera por un rato, hasta tal punto van urdiendo una trama sonora inútil, egocéntrica, profundamente redundante, dolorosamente vacua

intentar descifrar algo con sentido en ese caos es una batalla perdida de antemano: sólo algunas espigas sueltas y asfixiadas aciertan a "redimirnos" de la imbecilidad crónica que instauramos con palabras lastradas, metáforas muertas, pensamientos de segunda mano, arrasados lugares comunes, pozos ciegos del verbo, envenenados cauces de las palabras que ya no sabemos proyectar (hacia la vida-otra, la vida del otro)

liberarse: añadir a las palabras un detonador silencioso que las hiciera implosionar y borrar todo rastro fonético

desarticular la sintaxis como quien corta leña

cultivar el balbuceo, el grito de la bestia herida

salvarse, al fin, en un silencio último: refugio de alimaña, musgo doliente, vacío telúrico de fluctuaciones sin propósito

menguar: destruir la piel posible del lenguaje

y luego, hablar de nuevo, con más silencios, hablar con lo menos, en un mundo en el que la distancia entre las palabras y las cosas no sea una herida abierta, insuturable

no creer ya más, no creer ya nunca: ser tan sólo, desde un animal interior que ha economizado sus gestos y ha aprendido, al fin, el infinito gozo, la infinita renuncia

salve

Ahab

Salve bazoko, celebro una vez más la llegada de tu escritura-vida que reta los límites.

Recuerdo, al pensar en lo que atraviesa esta entrada, aquel texto de la biografía de Sandor Marai.

"La clase en la cual yo nací se mezcla con otras en ascenso, su nivel cultural ha disminuido en los últimos veinte años de manera considerable, están agonizando las inquietudes espirituales del hombre civilizado. Los ideales en los que yo había aprendido a creer terminan en el basurero como deshechos y trastos inútiles, y el terror instintivo del rebaño planea por encima de los vastos terrenos de la civilización. La sociedad en la que vivo es absolutamente insensible a los asuntos del espíritu e, incluso, a los asuntos relativos al estilo humano e intelectual de la vida cotidiana. Los propósitos de mi época, presentes de forma palpable, me llenan de desesperación; aborrezco el gusto de mis contemporáneos, sus deseos y su manera de divertirse, dudo de su moral y considero terrible y fatal el interés de la época por los récords, que satisfacen casi por completo a las masas. El hombre espiritual es un fenómeno único, obligado a refugiarse en las catacumbas, como hacían los monjes escribanos, poseedores del secreto de la Letra Escrita, en la Edad Media, en la época de las invasiones bárbaras. Todas las demostraciones de la vida están impregnadas de un miedo trágico e inconfundible...”

Abrazo

tula

Abrazo.
Call me Ismael.

Ahab

Abarazo para ti tula